La cultura del civismo

El concepto de civismo posee, como sugiere Giner, como mínimo, dos acepciones. La primera restringida, más práctica y corriente, que sugiere cosas como no molestar al vecino con nuestra música, clasificar la basura, no ensuciar las calles, pasear los perros atados, ceder el asiento en los transportes públicos a personas que lo necesiten más que nosotros, circular respetando las normas de tráfico, mostrar la buena educación o el necesario socorro del herido. No hay nada baladí en ello. Todo lo contrario. A pesar de que frecuentemente solo reconocemos la grandeza de estos actos cuando los echamos de menos. Pero esta conducta respetuosa ante propios y extraños no agota el sentido del concepto, por eso mismo nos tenemos que remitir a uno más general.

Hay otro sentido de la palabra, más sutil y teórico, que nos parece fundamental para entender de lo que vamos a hablar: el civismo es la cultura pública de la convivencia. Y es que sin él nos sería imposible convivir. El civismo entraña, pues, un buen gobierno de nuestra convivencia, pero no de manera impuesta, sino por obra y gracia de la suma de voluntades que se articula a partir del respeto, el diálogo, la tolerancia y el pacto. Así pues, el civismo no es sólo un conjunto de normas o modos de proceder, sino que incluye un conjunto de valores morales y una apuesta por un modelo concreto de sociedad humana que iremos explorando a lo largo de nuestro programa: Educación para la ciudadanía y los derechos humanos, Educación ético-cívica y Filosofía y ética.

En este contexto, planteamos la necesidad de acercar las dos orillas del concepto a las que antes nos referíamos: la práctica y la teórica. Porque partimos de la firme convicción de que es imposible educar los modos de proceder desvinculados de los conceptos y también de que los argumentos sirven para poco, como mínimo en el ámbito de la ética, si no iluminan una acción.

Y lo vamos a hacer atendiendo inicialmente a uno de los parámetros más elementales de la pedagogía moderna: que aquello más cercano al sujeto es lo que puede despertar en él un mayor interés. Primero se plantea, pues, un problema de actualidad (problema ético) con claras vinculaciones al ámbito juvenil; después se busca en el pasado alguna referencia que nos permita ampliar nuestro ámbito de análisis del conflicto (la memoria histórica); a continuación se propone un valor (valor añadido) que nos suscite una reflexión para superar el conflicto y, finalmente, se sugieren una serie de consejos prácticos para contribuir a facilitar el cambio de actitud que apuntábamos en dos direcciones apremiantes a las que la escuela sólo llegaba de una manera deshilvanada y voluntarista: educación de la salud y de las emociones.

Los materiales que os proponemos tienen dos posibles lecturas: una en vertical y otra en horizontal. La primera vertical está determinada por los cuatro ámbitos conceptuales que se apuntan en cada tema: el problema, la memoria histórica, los valores/teorías o los consejos prácticos en los diferentes ámbitos, que se pueden desarrollar de forma aislada pasando de un capítulo a otro. Mientras que, en su versión horizontal, a cada problema se le busca un referente histórico que se relaciona con la tradición ética para desembocar en los consejos prácticos. A nosotros no nos parece menos manifiesto que la segunda es la más conveniente, aun cuando la posibilidad de la primera puede ser recomendable en los casos que sólo nos interese estudiar uno de los aspectos apuntados.

El título del presente manual subraya el carácter práctico del saber moral. Hemos querido hacer patente desde el encabezamiento nuestro interés por el cambio de actitudes. Los elementos teóricos siempre se presentan así ligados a la realidad: la existencia de los problemas o la efectividad de los proyectos colectivos y los consejos (el mismo argumento nos sirve para justificar nuestro interés por las actividades antes que por los conceptos). No podía ser de otra forma cuando pensamos, como también reconocieron los griegos, que la mejor manera de transmitir esta clase de saber es el ejemplo.

Nada es pues más efectivo para educar actitudes que un buen modelo. Por esta misma razón pensamos que la verdadera educación para la ciudadanía y los derechos humanos es tarea de todos: padres, medios de comunicación, empresas, políticos, sindicatos… Mientras no se entienda así, como venimos diciendo desde hace más de una década en la presentación de materiales que han merecido diferentes reconocimientos institucionales y la atención renovada de los profesionales de la educación, la contribución que se puede hacer desde la escuela en el campo de la educación de valores continuará siendo poco menos que modesta

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